La serie El colapso y el fin del mundo que imaginamos hoy

Espectaculo
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La exitosa producción francesa plantea el derrumbe de la civilización. Edgardo Scott, escritor y psicoanalista residente en Francia, analiza su planteo y en qué se basa.

Hacia comienzos de 2018, el ex presidente de los Estados Unidos, Donald Trump –quién si no– retomó el mito del botón rojo, el botón nuclear, y dijo que su botón nuclear era más poderoso que el que tendría el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un.


Probablemente a lo largo de la Guerra Fría, la leyenda del “botón rojo” hacía estremecer al mundo y encender discusiones. Un botón en alguna de esas computadoras gigantes de los sesenta y setenta, en algún búnker de la Casa Blanca o el Pentágono, que podía enviar un ataque nuclear a la Unión Soviética o incluso a Cuba. Los rusos también amenazaban, por supuesto, con un programa similar. O el Medioevo con su sombrío Apocalipsis y juicio final. Pero como esta época se empeña en borrar su Historia y se piensa por generación espontánea, Deus ex machina, todo parecería ocurrirle al hombre contemporáneo o post-moderno por primera vez. Y nuestra leyenda parece ser la del “colapso”.

Ya veo levantar el dedo y la voz a alguien porque “está comprobado” que nuestros recursos se agotan, algunos ya se han agotado incluso. Pero no se trata de hacer una genealogía del terror social que la sociedad misma genera, se trata de hablar de una serie, L’éffondrement (El colapso) que se estrenó en Francia en 2019 y que ahora se puede ver en la Argentina (Flow).

La ficción
Esta serie fue creada, escrita y dirigida por el colectivo Les parasites (Los parásitos), compuesto por los cineastas Guillaume Desjardins, Jérémy Bernard y Bastien Ughetto (quien además actúa en uno de los capítulos, el del geriátrico).

Son apenas ocho episodios de veinte minutos filmados en un plano secuencia único. Es decir que no hay cortes ni edición y justamente ese artificio y efecto fílmico, sumado a la brevedad y al tema de cada episodio –con una situación extrema muy propia del “cine catástrofe”, en realidad– consiguen una tensión inmediata y permanente, sin distracciones y con cierta angustia o amargura.

La explosión de un reactor nuclear, el desabastecimiento de combustible en una estación de servicio pueblerina, una mujer en un velero sin provisiones y a la deriva queriéndose acercar a alguna costa civilizada y hostil (coqueteo con las balsas de los refugiados africanos que mueren sin llegar a las costas europeas), un geriátrico sin personal ni provisiones salvo por un solo auxiliar, son algunas de las situaciones que se presentan en cada episodio.

Sin embargo, El colapso no posee grandes hallazgos: ni de guión, ni de actuación ni de dirección. Se confía en la “potencia” del conflicto mismo, apuntalado, como se dijo, por ciertas fantasías de época que suelen repetir los medios masivos.

En el mejor de los casos, El colapso es un conjunto de cuentos breves, algo maniqueos y apurados; carecen de la imaginación y la gracia de un cuento angustiante de Rubem Fonseca, Raymond Carver o Patricia Highsmith. Entre nosotros, trae recuerdos de la serie argentina Tiempo final, de los años 2000, pero El colapso finalmente es menos imaginativa porque intenta una denuncia a la vez remanida y lavada, apelando al golpe bajo o el melodrama, que resultan en un programa ético parejo para toda la serie y que no tiene nada de futurista, de hecho nos suena familiar: sálvese quien pueda.

La colapsología es una corriente de pensamiento que considera el riesgo de una crisis terminal de la Humanidad. ¿Cuándo? Antes del año 2050.

La ¿ciencia?
Pero El colapso se llama así –no hay metáfora en esto– por la colapsología, esa corriente de pensamiento multidisciplinario aparecida hacia 2010, que considera los riesgos de un colapso de la civilización industrial, entendida también como la era en la que el hombre ha vivido (Antropoceno), y donde su impacto ocurriría de manera durable y negativa sobre la Tierra. La conjunción de estas crisis podría llevar a un colapso antes de 2050.

Según estos especialistas –no siempre científicos–, la crisis vaticinada llevaría a que muchos habitantes sufrieran “la falta de alimentos, agua o vivienda”. Se advertirá rápidamente el sesgo eurocéntrico o propio de los países centrales en la mirada, ya que eso ocurre en gran parte del planeta desde hace mucho tiempo.

La serie francesa se inspira en dicho pensamiento, que si no ha surgido en Francia, al menos ha encontrado en este país un notable eco y desarrollo en los últimos años (consideremos el Acuerdo de París sobre el cambio climático de 2015).

Lo cierto es que mientras dicha corriente de pensamiento genera representaciones de alarma, terror y angustia como las que exhibe la serie, la reconversión industrial y financiera ya viene sucediendo a toda velocidad, y los productos “bio”, las criptomonedas o el teletrabajo son realidades cotidianas masivas, lejos de cualquier ficción. Y sin embargo, parecen haber entrado en nuestras vidas, como se dice, sin darnos cuenta.

Oportunismo e individualismo
El colapso se estrenó justo antes del estallido de la pandemia de Covid-19, pero después de dos crisis sociales importantes en Francia: la huelga de transporte de finales de 2019 y la aparición en 2018 de las protestas y movilizaciones de los “chalecos amarillos”.

Pero la serie no metaboliza nada de esto. No da cuenta de ningún malestar social, tal vez porque narrativamente, y considerando la brevedad, intensidad y velocidad a la que está expuesto cada episodio, sólo puede construir un conflicto.

Y en ese conflicto, las ficciones de El colapso postulan menos un malestar o una crisis social que una situación algo existencial y reactiva. Existencial porque los casos son siempre particulares y con elecciones fuertes en juego, y reactiva porque daría la impresión de que sin esa situación extrema –en muchos casos agónica–, esos personajes particulares seguirían viviendo alienados en sus indiferentes rutinas e identidades como han vivido siempre.

La serie ficcionaliza una pesadilla global: ¿cuánto tiempo más durará este sistema económico y político que está caduco y al limite?

De manera que la serie aporta y tributa menos a la situación actual de la pandemia (en Francia y en cualquier parte del mundo) o a nuestro incierto futuro, que a una serie de fantasías útiles para el consumo masivo.

Por eso, y para no irse hasta el pensamiento de Kropotkin o Thoreau, sirve echar mano de lo que planteaba Flavia Costa en, acaso, el mejor texto que diera el análisis de la situación de la pandemia el año pasado. Decía: “De allí que, si queremos ubicar el acontecimiento de esta pandemia en una serie, sugiero incluirla en la de los ‘accidentes normales’ de la nueva escala abierta con el Tecnoceno”.

Contra lo que pueda pensarse de la pregnancia distópica o de ciencia ficción para anticipar o analizar el colapso de la civilización o los efectos de una pandemia viral como la que vivimos, si un valor tiene El colapso es el de presentar de una manera directa, el imaginario realista en el que se refleja un consumidor promedio de las sociedades occidentales capitalistas y democráticas en las que vivimos.

Así, El colapso no crea ni inventa nada, y no imagina mucho, no es Ray Bradbury ni Philip Dick, ni siquiera los limitados esquemas de Black Mirror.

El colapso en verdad se ha ocupado con astucia y oportunismo de ficcionalizar lo que está en boca de innumerables periodistas, comunicadores, influencers o, incluso, en boca de todos: ¿cuánto tiempo más este sistema económico y político caduco y al límite, es decir, este sistema de vida, podrá sostenerse sin colapsar?

Pero como dijeron tanto el filósofo esloveno Slavoj Zizek como el escritor británico Mark Fisher, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

Como a esta era si algo le gusta son los datos y las cifras, aunque no sepa muy bien qué hacer con ellas salvo quedar perpleja, alelada, se ha computado que 2.153 personas tienen más dinero que el 60 por ciento del planeta (4.600 millones de personas).

Tal vez por eso, y no casualmente, lo que domina las reacciones de cada episodio de la serie sea más bien la regla del peor individualismo. No una idea de futuro. Un poco como con alguna secuencia de la también exitosa Relatos salvajes.

Y tal vez haya que buscar en el éxito de esta clase de productos su verdadero sentido, qué es lo que logra: entretener y culpabibilizar. Entretenernos como con cualquier serie y culpabilizarnos ligeramente por cómo vivimos. Poder indignarnos o preocuparnos pero sólo un poco, lo imprescindible para irnos a dormir distraídos y culpables, dos sensaciones que probablemente se esfumen de la conciencia con el primer sueño.

Fuente: Clarin.com

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