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“Má..., ¿todo esto es por mí? Me da mucha vergüenza”

Un fallo humillante.
Clarín estuvo ayer en la casa del chico abusado a los 6 años. Hoy tiene 11, juega a la pelota y vive con su madrina. Desde que estalló el caso, dejó de ir a la escuela. Aún vive con fantasmas por lo que sufrió.

Hay un fallo que le bajó la condena a un abusador sexual, hay un pedido de juicio político para los camaristas, hay casi 90.000 personas que firmaron para que no sean más jueces, hay cámaras de televisión apostadas en la puerta de la casa del abusador, hay vecinos que se ofrecen a lincharlo y hay una entrevista radial en la que el abusador jura que es inocente. Pero detrás de eso, de todo eso, lo que hay es un nene. Un chico que, para los jueces, tenía tendencias homosexuales y huellas de travestismo, pero que ahora, mientras juega a la pelota en el patio de su casa, no se parece en nada a eso. Es apenas un chico de sexto grado que carga en silencio con una de las cruces más pesadas del abuso sexual: no siente miedo, siente vergüenza.

Clarín estuvo con él y su familia en la casa en la que viven, en Pablo Podestá. A Aldana –su madrina y quien lucha por adoptarlo legalmente–, le dice “má”. Los otros tres hijos de ella son para él sus hermanos. Y en el patio, los chicos y sus tres perros juegan a la pelota. Cualquiera que haya hablado alguna vez con una persona trans sabrá que es cierto que las primeras huellas aparecen en la infancia: niños que se ponen ropa de sus hermanas o que se maquillan en busca de su identidad de género. Pero este nene no se parece en nada a esa imagen con la que los jueces quisieron justificar su fallo: es un chico sonriente –recién se le cayeron las muelas– que dejó de jugar a la pelota en el club en el que fue abusado pero que juega tan bien que es buscado por otros clubes que quieren ficharlo.

Aldana lo mantiene lejos de la televisión: “No quiero que reviva lo que le pasó. Pero el otro día me distraje un segundo y vio a su tía hablando en la tele. Me dijo: ‘¿Má..., todo esto es por mí? Me da mucha vergüenza”, cuenta ella y ceba un mate tibio. Y a pesar de su edad (tiene 28 años) sabe que necesita protegerlo: cada vez que él se acerca, revoltoso y transpirado, ella se calla. “Hace dos días que no va al colegio. Me daba miedo que los compañeritos se burlaran pero hoy me llamó la maestra y me dijo que lo mandara tranquila, que los chicos piensan que el de las noticias es un chico de 6 años (ahora tiene 11) y ni se imaginan que están hablando de él”.

La contención de su nuevo hogar lo ayudó a digerir su historia. El nene tiene un padre biológico que pasó 30 años preso y una madre que huyó después de que su pareja le diera una paliza feroz. “Al principio, cuando pudo contar el abuso, se ponía muy mal: se hacía pis, no quería jugar a la pelota, se enojaba y revoleaba las cosas, no quería salir a jugar a la vereda. Pero era más vergüenza que otra cosa, se había enterado todo el barrio”, dice. Pero lo que quiso ser una señal de seguridad, se les volvió en contra: “Cuando él decía que tenía miedo de cruzárselo, le decíamos ‘tranquilo, está preso, no va a volver más’. Y él se calmaba. Y de repente nos venimos a enterar que hacía un año que estaba libre, viviendo a cuatro cuadras de casa, y nosotros no lo sabíamos”.

En estos años, el nene dejó de hacerse pis en la cama, dejó de tener pesadillas y de a poco, volvió a comportarse como un chico. “Pero empezó a hacer otras cosas: llegaba del colegio, abría el portón, se escapaba y volvía a casa dos horas después. Cuando le preguntábamos por qué lo hacía decía ‘no sé’”, cuenta Aldana. Y habla de un chico que, a veces, tolera su historia y otras, necesita escapar de ella. Y de una madre adoptiva, ella, a la que le pasa lo mismo: “Quisiera que él tenga una vida normal pero me da miedo. Yo no lo dejo que esté con ningún desconocido, no dejo que se le acerque nadie. Va de la escuela a casa. Y a las 9 de la noche, todo el mundo a la cama”.

Pero los días no son todos iguales. Hay días en que el nene recuerda que tiene “novia”, pregunta si ella puede venir a jugar al patio, mira dibujitos. Otros, donde recuerdan que nunca volvió a jugar a la pelota en un club: no puede entrar a un vestuario. Y como un mecanismo que lo salve, “a veces dice que no se acuerda de nada. Pero otras, cuando yo le digo que tal vez tenga que volver a declarar, se empieza a frotar las manos, fuerte, cada vez más fuerte. Siempre hace eso cuando hablamos del tema. Después me dice que sí, que se acuerda de todo, de lo que pasaba en el vestuario, y de cuando Mario lo llevaba a jugar a su casa, con su hijo. Porque el tipo tiene un hijo de su misma edad, ¿te dije?”.

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