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Como había ocurrido con la Sputnik, aún no son públicos los resultados de fase 3 de la vacuna china, pero en el país ya aplican un millón de dosis. Falta conocer un aspecto clave de su poder. En la fila de vacunación contra el coronavirus, en La Rural, hay unos 40 profesionales de la salud que han logrado conseguir un turno en el desafiante sitio web de la Ciudad. Se acerca el mediodía y la pregunta va y viene: “¿Nos tocará la Sputnik o la de Sinopharm?”.

La duda persiste porque hubo cambios sobre la marcha. La Ciudad decidió reorganizar los turnos otorgados a los médicos que en principio eran para fines de marzo. Los adelantó, a partir del arribo del millón de dosis de la vacuna de Sinopharm, de las cuales un 7 por ciento le correspondió a los porteños.

Los médicos de la fila ahora esperan su pinchazo y, también, confirmar qué marca les toca. Por teléfono les han comunicado que sería la Sputnik V. Pero mientras algunos mastican la ansiedad otros salen ya vacunados con la respuesta y los hombros encogidos, en señal de “resignación”: era la de Sinopharm.

La vacunación contra el Covid en la Argentina ha sumado un nuevo adjetivo. Además de confusa, política, escasa y a veces tumultuosa, se ha vuelto paradojal: los mismos médicos que razonablemente rechazaban la Sputnik cuando los resultados de fase 3 aún no estaban publicados en la revista The Lancet, ahora ponen el brazo casi sin objeciones para darse la vacuna china.

El desarrollo de Sinopharm fue destinado en el país no sólo a la inmunización de una parte de los profesionales de la salud, sino también a los docentes. Esto fue porque aún no está aprobada para mayores de 60 años (tal como ocurrió en una primera instancia con la Sputnik V). Y se destinó la versión de AstraZeneca fabricada en India (Covishield) a los adultos mayores.

El avión de Aerolíneas Argentinas que trajo al país las primeras 904 mil vacunas de Sinopharm, el 25 de febrero. Foto: Mario Quinteros
El avión de Aerolíneas Argentinas que trajo al país las primeras 904 mil vacunas de Sinopharm, el 25 de febrero. Foto: Mario Quinteros

De la vacuna de Sinopharm sólo se ha conocido hasta ahora un escueto comunicado en el que se informa que tiene una eficacia del 79 por ciento después de aplicada la segunda dosis. Cuando la cobertura es superior al 50 por ciento se la considera aceptable.

Sin embargo, según explicó a Clarín el infectólogo Eduardo López, hay un aspecto clave a tener en cuenta, que tiene que ver con la tecnología utilizada: “Es una vacuna de virus vivo inactivado, que estimula menos a los linfocitos T y eso puede requerir de más refuerzos”.

El experto se refiere a las dudas que hay sobre los efectos que esta vacuna pueda provocar en la “memoria celular”, que permite al organismo responder frente al virus más allá de la cantidad de anticuerpos que posea. La vacuna “le enseña” al cuerpo cómo tiene que defenderse cuando es atacado, sin importar las reservas que conserve en ese momento. Según explica López, este aspecto de la vacuna china es parte de lo que aún no se conoce.

Tanto la vacuna de Oxford-AstraZeneca como la Sputnik V contienen material genético que es vehiculizado a través de un adenovirus humano, un “vector viral” no replicativo para despertar la reacción genética del cuerpo. Mientras que las chinas como la de Sinopharm y CoronaVac, como así también la india Covaxin, utilizan la estrategia del virus inactivado.

En un reciente artículo titulado “Las vacunas que vienen del este”, el diario El País se refirió a la Sputnik V, que posee un 92 por ciento de efectividad, como “la más occidental” de ese grupo. Las vacunas orientales utilizan la tecnología más tradicional y amortizada, pero a la vez más fácil de producir. Los problemas de fabricación de la rusa, en cambio, están dando dolores de cabeza a los 48 países en los que fue aprobada. Entre ellos, la Argentina.

Hasta ahora no se ha informado cuándo Sinopharm publicará los resultados de fase 3 en The Lancet, ensayos de los que la Argentina formó parte con un trabajo que incluyó a 3.000 voluntarios, gestionado por la Fundación Huésped. Esa publicación, como ocurrió con la Sputnik, es indispensable para conocer los detalles de la investigación y que científicos independientes puedan validarla.

Las conclusiones obtenidas con los voluntarios argentinos, entre otros ensayos que hubo en el mundo, ayudaron a que China autorizara de emergencia su vacuna contra el Covid, que luego tuvo aprobación en Argentina para menores de 60. De la misma manera que había ocurrido con la vacuna rusa, aún no están los papeles que permitan ampliar el universo de receptores.

Fue principalmente la demora en la publicación en una revista científica lo que en enero le valió a la Sputnik V una ola de críticas, que al menos en Argentina se apagaron una vez que la evidencia estuvo a la vista de todo el mundo. En el caso de la vacuna china los cuestionamientos por esa falta de transparencia fueron menores, casi inadvertidos, a pesar de que los resultados clínicos anunciados han sido incluso inferiores a los de la rusa.

Otro de los puntos que comparten ambas vacunas es la forma en que se les dio el visto bueno dentro de la burocracia estatal argentina. Fue a partir de una recomendación de la ANMAT de aprobar el medicamento para su uso de emergencia, trámite que efectivamente completó el Ministerio de Salud.

Diferentes fueron los casos de AstraZeneca y de Pfizer, donde la propia ANMAT autorizó esas vacunas y las convirtió en comercializables en la Argentina. Tanto en el caso de la vacuna rusa como de la china, sólo el Gobierno está en condiciones de adquirirlas, dado que no han pasado por la instancia ortodoxa de autorización que exige el ente de control sanitario local.

Las vacunas en el mundo

Cantidad de dosis aplicadas cada 100 habitantes.
Se cuentan dosis únicas y puede no ser igual al número total de personas vacunadas.

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Fuente: OWIDInfografía: Clarín
A esta altura de la campaña de vacunación en el país, a un ritmo que es prácticamente imposible que permita vacunar a todos los grupos de riesgo antes de la llegada del invierno, los convocados a la fila parecen dispuestos a relativizar sus exigencias sobre el producto final que les inyectan en el brazo.

Siempre está el que merodea por los bordes: ensalza la Sputnik porque lleva la “V” de la victoria peronista y exhibe una foto de Vladimir Putin mientras lo inoculan. O el que nunca permitiría que le diesen una dosis rusa por los mismos motivos. En el medio están los que quieren recibir la mejor vacuna posible, lo antes posible.

El tiempo apremia. El "sibarita" que discriminaba laboratorios en función de la evidencia científica ahora parece anestesiado. El cierre del contrato con China se conoció el mismo dia que estalló el caso del vacunatorio VIP en el Ministerio de Salud. Y el grueso de esas vacunas aterrizó en Ezeiza cuando la espuma del escándalo aún no había bajado.

Fue el último lote más abundante arribado al país. Y a pesar de que entre los vacunados sobrevuela hoy la pregunta de si la china es una buena opción, juega a la vez esa lógica de lo posible. Es decir, recibir alguna de las vacunas disponibles contra el coronavirus antes que ninguna.

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