Señores dirigentes, tienen la oportunidad histórica de ser parte de la generación que nuestros hijos y nietos recuerden como la que puso a la Argentina de pie, construyendo el poder que necesita para hacerse valer en el mundo.
Recientemente volvió a reavivarse la disputa que tiene nuestro país con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte sobre nuestras Islas Malvinas y el territorio marítimo correspondiente. Se da a partir del viaje que realizó el ministro de Asuntos Exteriores británico Cameron a las islas y a la cumbre de cancilleres del G20 en Río de Janeiro, sus declaraciones y la respuesta de nuestra canciller Diana Mondino.
No es nuevo este intercambio de afirmaciones de derechos y posturas de las partes. Tampoco será el último. Lo cierto es que, más allá de las declamaciones de ambos países, de aquellas pronunciadas por organismos internacionales como la ONU y de expresiones partidarias, de políticos o personas preocupadas, la situación así como está no cambia.
Por un lado, el país agresor, actual ocupante de una enorme porción de territorio terrestre y marítimo argentino, se consolida en las Islas Malvinas, redefiniendo su espacio de control marítimo, fortaleciendo su base militar, mejorando sus condiciones portuarias y aeroportuarias, incrementando sus actividades vinculadas con la Antártida y otorgando licencias de explotación ictícola y de hidrocarburos en los espacios marítimos adyacentes a las Islas. Es decir, hace lo que quiere.
Por el otro lado, el país agredido, el nuestro, reclamando ante los foros internacionales sus derechos, esperando que la otra parte se siente a negociar. Pergeñando estrategias cambiantes de seducción o de exacerbación de nacionalismo, de efectos que no hacen siquiera cosquillas en el agresor. Es decir, con su frágil condición socio-económica y militar, hace lo que puede.

