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30-07-2026

El acto de inauguración de la Exposición Rural siempre fue un lugar de diálogo entre el campo y los presidentes, a veces amable y otras en duros términos.

 

 

Bajo esa visera de la que cuelga la frase “Cultivar el suelo es servir a la Patria”, sobre esa platea, se ha propuesto un modelo de país y, en consecuencia, se ha cocinado gran parte de su destino. La inauguración de la Exposición Rural es un acontecimiento “de agenda”. A nivel político, no sucede nada más importante ese día, preferentemente domingo, en el que, paradójicamente la inauguración no abre la muestra sino que la cierra. Y en medio de esa “celebración” se ofrece una comunicación a cielo abierto, desde una tribuna que le habla al país, entre “el campo”, un sector trascendental para la economía nacional, y el administrador de ésta, el presidente. Si es que va.

“Que se vaya, que se vaya”, rugió la arena del Predio Ferial de Palermo el invierno de 1988. Las tribunas, colmadas de abrigos oscuros y boinas húmedas por la lluvia de ese domingo, silbó y repudió la presencia del primer presidente desde la vuelta de la democracia. La Sociedad Rural, pocos años antes, había dado la bienvenida a la dictadura al celebrar que los militares “tomaron las riendas con patriótico empeño” y recibió a Videla en las clásicas muestras, que no se interrumpieron en los años de plomo.

Una década después, el 13 de agosto de aquel 88 (el año de la muerte de Olmedo y de los 40 y pico de días de paro docente) todos o casi todos gritaban que se fuera de allí Alfonsín. La inflación empezaba a su trágico ciclo indomable, el Plan Austral no funcionaba, a la primavera democrática se le marchitaban las flores y los productores rurales, en la voz del presidente de la entidad, Guillermo Alchourrón, reclamaron menos retenciones.

El clima se puso espeso bajo la lluvia porque antes de Alfonsín habló su secretario de Agricultura, Ernesto Figueras. Y los silbidos casi taparon su voz. El presidente se paró a su turno y la silbatina aumentó incluso más. Bajo boinas y paraguas, mientras Alfonsín enumeraba a los invitados presentes que ocupaban el palco, la gente lo insultaba cada vez más alto. El abogado de Chascomús miró para atrás, tomó aire y levantó el dedo índice de su mano derecha, un gesto de su característica figura.

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