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04-12-2023

La cara de la pequeña Nílofar Ayoubi, de apenas 4 años, todavía estaba roja de la bofetada que acababa de recibir de un extraño mientras jugaba en las calles de Kunduz, en el norte de Afganistán. El golpe había sido tan brutal que la había lanzado al piso.

“Llegué llorando a mi casa, mi padre estaba rojo de la ira”, le cuenta Nilofar a la BBC, veintitrés años después del incidente que dice tener grabado en su memoria. “Recuerdo que iba y venía furioso murmurando y diciendo ‘¿cómo se le ocurre tocarte?’.”

Poco antes de golpearla, el desconocido le había palpado el pecho, buscando signos de “feminidad”. Luego la amenazó y le dijo que si no usaba el velo, la próxima vez, atacaría a su padre.

 

Después de unos momentos de refunfuños, el padre de Nilofar tomó una decisión radical: “Le pidió las tijeras a mi madre, me cortó el cabello y le dijo a ella: ‘Vístela como un niño’.”

Nilofar creció en Afganistán durante la primera era del gobierno del Talibán -de 1996 a 2001- y durante casi 10 años, vivió la vida de un niño, huyendo del represivo control que ejerce la sharía, la ley islámica, sobre las mujeres.

 

 

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